
Thomas y Wiebke es el título del último proyecto de Ángel Masip, además de los nombres de quienes compartieron con él la captura de las imágenes. Estos escenarios, desconocidos y a la vez comunes para todos, nos devuelven a la búsqueda de una visión auténtica a través del paisaje, en la cual los recursos juegan en favor de transmitir la intensidad vivencial y emocional de cada lugar.
En esta búsqueda, las referencias al mundo del diseño de su obra anterior parecen reducirse. Pese a lo interesante de la propuesta, éstas podían leerse como una paradoja de la relación artificial que a veces los artistas tenemos con las imágenes que “manipulamos” (“un muro de ceros y unos”, como me gusta decir) y me hace pensar que quizás es inevitable, incluso para el más contemporáneo de los paisajistas, probar a deshacerse de artificios y construir a partir de la memoria más visceral. Esa en la que la fotografía se mezcla con la proyección del recuerdo del lugar y hace que ninguno de esos sitios vuelva a ser el mismo después de nuestra visita.






Hoy traigo la obra de un artista británico cuya obra me interesa por su manera de acercarse al paisaje. Influenciado por conceptos post minimalistas generalmente aceptados por nuestro modo de vida y cultura, Blaise Drummond utiliza espacios arquitectónicos de van der Rohe o Le Corbusier como lugares para una existencia idealizada.
En sus obras se puede percibir esa ya tenue relación entre naturaleza y cultura, en la que ha desaparecido la generosidad natural y la vista se fija en lo que importa allí según nuestros patrones de modernidad. Campos de cricket, zonas de picnic, bosques y vistas panorámicas como parajes áridos, no exentos de belleza, donde cada elemento parece flotar en un equilibrio inestable.
La visión precisa y refinada de Blaise Drummond nos permite reflexionar acerca de nuestra artificial y procesada relación con nuestro entorno, siempre con una distante y gélida mirada hacia un nuevo comienzo.





