
“Lo terrible está encerrado en lo bello, lo mismo que lo bello en lo terrible. La vida está involucrada en esta contradicción, grandiosa hasta llegar al absurdo, una contradicción que en el arte aparece como unidad armoniosa y dramática a la vez”.
Tarkovsky
Hoy me he levantado todavía conmovido por una película que ayer vimos: Stalker. Y la sensación de haber estado expuesto a una obra maestra, a imagenes y momentos inolvidables que, como decía Rafa al acabar la película: Tengo que asimilarlos durante estos próximos días.
Porque el film, de un ritmo lento, va escarbando y descubriéndonos un viaje de insólita belleza, que tantea nuestra naturaleza y lanza conflictos morales a sus personajes: el escritor y el profesor, seres débiles e insignificantes que pueden hallar cosas muy desagradables en un camino recóndito y cada vez más profundo.
Pese a que Stalker es considerada una película de ciencia ficción, ésta etiqueta no se acerca ni de lejos al terreno que Tarkovsky quiere abarcar. El rodeo de Stalker, con el pretexto de la búsqueda de la Zona, y más adentro de la “habitación” donde se cumplen nuestros deseos más íntimos, es un camino al tuétano metafísico de nuestra existencia, un destello fugaz y casi imperceptible del volcán que hay debajo de cada objeto.




