
Todas las personas tienen su doble, dice el mito del Doppelgänger. En algunas leyendas, ver el propio Doppelgänger es un augurio de muerte. Quizás una forma como muchas otras de superstición, o una erupción del arquetipo del doble, pero la idea de que haya alguien igual que nosotros, un Alma gemela en alguna parte del mundo, es muy seductora.
Hace tiempo que no dedico una entrada de mi blog a una película. La doble vida de Verónica, de Kieslowski, me ha dejado aturdido. Es la primera vez que veo una película del gran director polaco, y llevo ya tres días recordando el aria interpretada por Weronika como un mantra, estremecido.
Una bellísima Irène Jacob interpreta a las dos Verónicas (Weronika y Véronique) que viven en dos ciudades distintas en Polonia y Francia. Weronika es apasonada y alegre, descuidada con su enfermedad cardíaca, mientras que Véronique es más cauta y misteriosa. Físicamente iguales, ambas presienten ese otro yo con el cual comparten los sentimientos más profundos.
La fotografía usa un color dorado que llena las imágenes de una atmósfera irreal, y la música de Zbigniew Preisner es maravillosa. Pura poesía audiovisual. Os la recomiendo con entusiasmo; me falta mucho cine por ver, pero ésta es de esas pocas veces que he experimentado algo tan único viendo un film.









Algo más se necesita para que ciertas cosas nos convenzan lo bastante para hacernos cambiar de actitud y de conducta. Eso es lo que hace el “lengaje onírico”. Su simbolismo tiene tanta energía psíquica que nos vemos obligados a prestarle atención






